EL MITO DEL PÁNICO
Durante años se nos ha hecho creer que el verdadero peligro en una emergencia no es el fuego ni el humo, sino las personas. La narrativa clásica, alimentada por el cine, la televisión y los titulares alarmistas, sugiere que, ante el menor indicio de incendio, la gente reacciona de forma irracional: grita, corre, empuja, se atropella.
Esa imagen ha calado tanto que muchos diseñadores, gestores de emergencia y responsables de seguridad aún toman decisiones basadas en ese supuesto. Pero la ciencia y diversos estudios basados en la experiencia, han demostrado una y otra vez que el “pánico” como conducta descontrolada y violenta es la excepción, no la regla.

En incendios reales, incluso en eventos trágicos y masivos, lo que se ha observado es desconcierto inicial, decisiones tomadas con poca información, comportamientos cooperativos y, en muchos casos, parálisis, pero muy poca histeria colectiva.
La evidencia ha demostrado que el ser humano, ante un peligro repentino, no siempre huye, sino que muchas veces se detiene, intenta comprender, procesa lo que ocurre antes de actuar y, en general, actúa con lógica. La tendencia natural no es correr, sino permanecer un tiempo evaluando, buscando a otros, priorizando a nuestros seres queridos, entre otras conductas que distan mucho de la imagen irracional y competitiva de quien busca salvarse a costa de los demás.
Este tipo de comportamiento, conocido como conducta afiliativa, es más común de lo que se cree, pues se ha observado que, generalmente, los evacuantes se mueven en grupo, avisan a los demás, ayudan cuando pueden e incluso, en los casos más extremos, las decisiones que toman suelen tener sentido en función del contexto, aunque desde afuera parezcan ilógicas.
El problema de seguir llamando a todo eso “pánico” no es solo un error semántico, sino un error estratégico, pues justificar fallos en el diseño, en la planificación o en la gestión bajo el pretexto de que “la gente entró en pánico” perpetúa la idea de que el público es culpable de la desgracia y que las muertes se deben a lo impredecible y peligroso que es el ser humano, cuando en realidad el comportamiento suele ser razonable y colaborativo.

Si creemos que las personas van a actuar como animales, las tratamos como tales: bloqueamos salidas, restringimos información, evitamos simulacros realistas, pero si entendemos que son capaces de actuar con inteligencia incluso bajo presión, entonces diseñamos pensando en ellas, las capacitamos, les damos herramientas y, sobre todo, confiamos en ellas.
El mito del pánico es cómodo para que los responsables de las fallas previas al desastre puedan justificar que no fallaron, pero es peligroso para el diseño de la seguridad de la vida.
Desmontarlo es una responsabilidad profesional y una tarea académica.
