JAPÓN: UN EJEMPLO DE QUE LA SEMILLA DE LA PREVENCIÓN SE INOCULA EN LA NIÑEZ
Tuve la oportunidad de formarme profesionalmente en Japón a través de un programa de certificación en prevención y control de incendios impulsado por la Japan International Cooperation Agency (JICA) y desarrollado en el Kitakyushu Fire Training Center (KFTC). La formación técnica fue exigente y rigurosa, pero lo más relevante no estuvo en el aula ni en el campo de entrenamiento, estuvo en lo cotidiano.
En Japón la prevención no se predica, se practica constantemente y se vive intensamente, se asume como parte del comportamiento normal desde edades tempranas. En mi tiempo en Japón pude constatar en carne propia cómo los niños aprenden a evacuar en orden, a seguir instrucciones sin discutir, a no empujar, a ayudar al que va más lento y a entender que el desorden mata, el aprendizaje es constante, incluso repetitivo y aburrido, muchas veces a mí me causaba incomodidad tener que repetir los mismos ejercicios de evacuación una y otra vez, sin embargo el mensaje final es que la mejor forma de gestionar el riesgo es con disciplina y conducta.
Esta experiencia permite entender algo que muchas veces olvidamos, la prevención de incendios no empieza con más normas, más regulaciones, más sistemas de protección activos o pasivos, más equipos de respuesta ni más bomberos, sino dominando conductualmente el cerebro de las personas.
Y todo esto sorprendentemente se corrobora en las estadísticas, cuando uno revisa los datos, Japón no se reconoce como un país con pocos incendios, por supuesto que tiene muchos incendios, coherentes con su densidad urbana, su envejecimiento poblacional y su intensa ocupación de espacios cerrados y reducidos, sin embargo lo que cambia no es la ignición, cambia el resultado. Japón presenta de forma consistente una menor mortalidad por incendios en comparación con Estados Unidos, Europa y América Latina.
La diferencia está en el comportamiento humano frente al fuego, a igualdad de incendios muere menos gente, los tiempos de reacción son menores, las evacuaciones son más ordenadas y el caos colectivo es más contenido, por supuesto que eso no aparece por generación espontánea en la adultez ni se corrige con campañas tardías, eso se entrena durante años de forma continua y extremadamente disciplinada.
El mensaje que nos deja esto es que podemos seguir perfeccionando normas, sistemas y tecnologías, pero mientras sigamos relegando la educación del comportamiento humano a un plano secundario, seguiremos viendo los mismos patrones y los mismos desenlaces.
Por eso el título de mi publicación no es una metáfora sino una constatación técnica y social de que la prevención no se improvisa ni se aprende cuando ya es tarde, la semilla se inocula desde la niñez y se refuerza hasta la vejez.

