OTRA FACHADA QUE ARDE. OTRA OCASIÓN EN QUE LA NORMA LLEGA DESPUÉS DEL FUEGO.
El incendio ocurrido este 16 de abril en Castellón, España, volvió a exponer lo mismo que se denunció tras la tragedia del 22 de febrero en Valencia: la fachada era combustible. Una vez más, el fuego se propagó con una velocidad alarmante por el exterior del edificio. No fue mala suerte. Fue mal diseño.
En ambos casos, materiales inflamables como el poliuretano o revestimientos ligeros facilitaron la escalada vertical de las llamas. No fue un error puntual: fue el resultado de años de permisividad normativa, desregulación técnica y presión por reducir costos.
¿Quién responde por esto? ¿Los proyectistas? ¿Los que aprobaron el expediente? ¿Las autoridades municipales? ¿O simplemente nadie, porque los reglamentos callan?
Desde la tragedia de la Torre Grenfell (Londres, 2017), donde 72 personas murieron atrapadas por un incendio que ascendió por la fachada, el mundo ya había recibido una advertencia clara. Aquella tragedia reveló una telaraña de culpas que nadie quiso asumir y que nadie supo prever.
Este nuevo incendio no dejó víctimas mortales, pero eso no debe aplacar la discusión. El riesgo sigue ahí, instalado en cientos de edificios. ¿Cuántas fachadas en el mundo están construidas con los mismos criterios o peores? ¿Cuántos códigos técnicos aún permiten sistemas sin una evaluación real del comportamiento al fuego?
Es urgente una revisión profunda de nuestras normativas de edificación a nivel mundial. No basta con exigir resistencia al fuego en muros interiores si la fachada se convierte en una autopista para el incendio. No se puede seguir diseñando pensando solo en eficiencia energética o estética, ignorando la seguridad humana.
Son cientos de incendios y cada uno de ellos es una advertencia.Y entonces, como siempre, cuando lleguen las reformas... serán tardias, y se escribirán sobre los escombros y las vidas que se perdieron.
