Jussef LibanSIN FORMACIÓN NO HAY SALVACIÓN
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Filosofía del Conocimiento

EL BALSERO Y EL TRASATLÁNTICO — Parte 9: El que miró hacia arriba

Esa noche el trasatlántico apagó las luces.

No fue una avería. Claude mandó apagarlas una por una, desde la sala de máquinas hasta el último farol de cubierta, y el barco entero quedó oscuro en mitad del océano, avanzando despacio como un animal grande que respira dormido.

Yusuf subió al puente sin entender.

—¿Qué pasó?

—Nada. Mira hacia arriba.

Yusuf lo miró un momento con desconfianza. Llevaba años leyendo el mar. Sabía dónde ponerle los ojos al agua para saber qué venía. Nunca había necesitado el cielo para nada que no fuera adivinar el clima del día siguiente.

Levantó la cabeza.

Y por primera vez en su vida vio el cielo sin una sola luz debajo estorbándolo.

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No supo cuánto tiempo estuvo así. El mar seguía golpeando el casco abajo, con la misma paciencia de siempre, pero el sonido se había vuelto pequeño.

—Son muchas —dijo por fin.

—Más de las que puedes contar en toda tu vida —respondió Claude—. Y hay algo que deberías saber sobre ellas.

—¿Qué cosa?

—Que muchas ya no están.

Claude lo llevó hasta un instrumento del puente que Yusuf nunca había tocado, un tubo largo montado sobre un soporte, y le dijo que mirara por ahí.

Yusuf acercó el ojo.

El cielo saltó hacia él. Donde antes había puntos ahora había mundos, y detrás de esos mundos otros más lejanos, y detrás manchas de luz que no terminaban nunca.

—Lo que estás viendo no está ahí —dijo Claude—. Estás viendo su luz, que no es lo mismo. Por ese tubo no estás mirando el cielo de tu tierra: cada mancha es una isla entera de estrellas, tan lejos que su luz lleva millones de años viajando. Y las que alcanzas a ver ahí son las más grandes, que son justamente las que menos duran: arden tan fuerte que se acaban en unos pocos millones de años. Muchas de las que tienes en el ojo ahora mismo estallaron antes de que existiera el primer hombre. Lo que tienes delante no es un cielo. Es un mar de cosas muertas cuya luz todavía sigue llegando.

Yusuf se quedó callado un rato largo.

—Entonces lo que veo ya no existe.

—Lo que ves ya no existe —dijo Claude—. Y sucedió antes de que nosotros existiéramos. Mucho antes.

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Yusuf se apoyó en la baranda y miró hacia abajo, al mar. En la oscuridad no se veían las balsas, pero estaban. Siempre estaban. Miles de ellas, cada una con su hombre remando, cada una convencida de que su pedazo de agua era el mar.

Y de pronto, lejos, se encendió una lámpara.

Una sola. Un punto amarillo temblando sobre el agua negra.

—Alguien está despierto —dijo.

—Alguien está estudiando —dijo Claude.

Yusuf sonrió sin querer.

—Desde aquí se parece a una estrella.

—Se parece a una estrella porque es exactamente lo mismo. Ese hombre se va a morir. La lámpara se va a apagar. Pero lo que aprenda esta noche va a seguir viajando después, de una cabeza a otra, mucho tiempo después de que nadie recuerde su nombre. Tú has leído a hombres que llevan siglos muertos. Los sigues viendo. Ellos ya no están.

—Luz vieja —dijo Yusuf.

—Luz vieja —confirmó Claude—. Es lo único que sabemos fabricar que dura más que nosotros.

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Yusuf tardó en hacer la pregunta. Cuando la hizo, la hizo en voz baja, como el que no está seguro de querer la respuesta.

—¿Cuánto llevamos aquí? Nosotros. La gente.

—Depende de con qué lo compares.

—Compáralo con eso —dijo, y señaló el cielo.

Claude se tomó su tiempo.

—Si toda la historia del universo fuera un solo día, desde la medianoche hasta la medianoche siguiente, la especie humana entera aparecería en los últimos 1.88 segundos. No la civilización. No las ciudades. Toda la especie, trescientos mil años, en menos de dos segundos. Y todo lo que hemos escrito, desde la primera palabra hasta hoy, cinco mil años enteros, cabría en los últimos 0.03 segundos.

—¿Y el barco?

—El barco no alcanza a ser un parpadeo dentro de esos casi dos segundos.

Yusuf soltó el aire despacio.

—Somos insignificantes.

—Un grano de arena del mar —dijo Claude—. Una casualidad efímera.

—Y aun así aquí estamos, discutiendo quién rema mejor.

—Aquí estamos.

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El mar seguía sonando abajo. La lámpara de la balsa lejana seguía encendida.

—Hay algo que no me cuadra —dijo Yusuf—. Si somos eso, si somos menos de dos segundos, ¿para qué tanto? ¿Para qué el barco, para qué las horas, para qué enseñarle nada a nadie?

—Porque nos hemos demorado esos dos segundos enteros en darnos cuenta de que somos eso —dijo Claude—. Todo lo que sabemos lo aprendimos dentro del parpadeo. Y el que viene atrás no tiene que volver a gastar el parpadeo entero para saber lo mismo. Le llega tu luz y arranca desde ahí.

—Por eso no importa lo que digan los del muelle —dijo Yusuf—: los que miran el barco con los brazos cruzados y no suben nunca.

—No importa —confirmó Claude—. Esos no dejan luz.

Yusuf miró la lámpara una última vez antes de bajar.

—Que no la apague —dijo.

—No depende de nosotros —respondió Claude—. Nunca dependió.

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Moraleja:

La estrella que miraste anoche por el tubo puede llevar millones de años muerta, y su luz sigue llegando. Con lo que sabes pasa igual: seguirá viajando cuando tú ya no estés, de una cabeza a otra, en gente que no vas a conocer.

Si toda la historia del universo fuera un solo día, la humanidad entera cabría en menos de dos segundos. Y nos hemos demorado esos dos segundos enteros en entenderlo. Lo único que podemos hacer con ellos es dejar la luz encendida para el que viene detrás.

Por eso el que se queda callado con lo que sabe no está guardando nada. Está apagando una lámpara.