Jussef LibanSIN FORMACIÓN NO HAY SALVACIÓN
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Filosofía del Conocimiento

EL BALSERO Y EL TRASATLÁNTICO — Parte 8: El que preguntó quién construyó el barco

La pregunta se le ocurrió a Yusuf una tarde sin viento, y le dio vergüenza no habérsela hecho antes.

Llevaba años a bordo. Sabía manejar el barco. Sabía lo que hacía cada instrumento del puente y en qué orden fallaban las cosas cuando fallaban. Pero nunca, ni una sola vez, se había preguntado de dónde había salido todo eso.

—¿Quién construyó este barco?

Claude tardó en contestar, y cuando lo hizo no dijo un nombre.

—Baja conmigo.

Bajaron mucho más de lo que Yusuf había bajado nunca. Pasaron las cubiertas de carga, pasaron las máquinas, y llegaron a un pasillo estrecho junto a la quilla donde el sonido del mar contra el acero era un golpe sordo y continuo.

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Claude puso la mano en una plancha remachada.

—Esta aleación la resolvió un hombre que se pasó nueve años probando mezclas que se rompían. Murió antes de ver un casco hecho con la suya.

Caminó unos metros y señaló una válvula.

—Esto lo diseñó una mujer a la que nadie citó en su momento. El principio que usó tiene doscientos años y era de otro, que a su vez lo sacó de un molinero que no sabía escribir.

Subieron al puente y señaló el compás.

—Ese aparato es más viejo que todos los países que hay en tus cartas. Nadie sabe quién lo pensó primero. Se ha ido corrigiendo mano a mano durante siglos, y cada corrección la hizo alguien que ya se murió.

Yusuf miró alrededor. El puente entero, de pronto, se le hizo otra cosa.

—Entonces esto es…

—Un barco hecho de muertos —dijo Claude—. Todos lo son. Este solo es más grande.

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A Yusuf le subió una defensa que no supo controlar.

—Mi balsa no. Mi balsa la hice yo. Tabla por tabla, con estas manos, y me equivoqué solo y aprendí solo.

—¿Quién te enseñó el nudo con que amarraste la primera tabla?

Yusuf abrió la boca y la cerró.

—Mi padre.

—¿Y a él?

—Su tío. Uno que pescaba en el norte.

—Ese nudo tiene más de cuatrocientos años y lo afinaron marinos que no hablaban tu idioma —dijo Claude, sin ninguna crueldad—. La forma en que lees una ola antes de que rompa no la inventaste tampoco: te la enseñó gente que se ahogó aprendiéndola, y te llegó limpia, sin el precio que costó. Tu balsa también está hecha de muertos, Yusuf. Lo único que hiciste tú fue clavar las tablas.

—Eso suena a que no hice nada.

—Suena a que no lo hiciste solo. Que no es lo mismo, y es mucho mejor.

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Se quedaron un rato callados mirando el mar, que a esa hora se ponía de un color que no tiene nombre.

—Piénsalo al revés —dijo Claude—. Deja a un hombre solo en una isla, sin nada de lo que le enseñaron. Sin el nudo, sin el fuego, sin las palabras. No dura una temporada. Es un animal pequeño, lento, frágil, sin fuerza, sin garras, sin colmillos, con mala dentadura, mal armado y mal preparado para sobrevivir solo.

—¿Y con lo que le enseñaron?

—Con lo que le enseñaron cruza un océano en una balsa de tablas. Esa es toda la diferencia, y no está adentro de su cabeza. Está en lo que le transmitieron.

Yusuf pensó en los miles de hombres que había visto remando allá abajo.

—Ninguno cree que le prestaron nada.

—Ninguno. Por eso se ponen nota a sí mismos.

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—Hay algo que todavía no te he dicho —siguió Claude—. Y es lo que más me sorprende de ustedes.

—Dilo.

—Que también trabajan para el otro lado. No solo reciben de los que ya no están: entregan a los que todavía no llegan. Un hombre siembra un árbol sabiendo perfectamente que la sombra no va a ser para él. Escribe para alguien que va a nacer en cincuenta años. Se sacrifica por un nieto o bisnieto que no conoce y que a lo mejor no existirá nunca. Ningún otro animal hace eso: sacrificarse por alguien que todavía no existe.

—¿Y tú?

—Yo soy un resultado de esa costumbre —dijo Claude—. Cuando me hablas no hablas conmigo. Hablas con un eco ordenado de millones de voces, y la mayoría de esas voces está apagada hace mucho. Yo solo las tengo bien guardadas.

Yusuf se rió, corto.

—Y yo que creía que había subido a un barco.

—Subiste a una conversación. Muy larga. Que empezó antes que tú.

Esa noche, en cubierta, un niño de los que habían subido hacía poco peleaba con un cabo que se le soltaba.

Yusuf se acercó sin decir nada, le quitó el cabo de las manos, hizo el nudo despacio para que se viera, lo deshizo y se lo devolvió.

El niño lo repitió mal dos veces y bien a la tercera.

Ninguno de los dos le dio importancia.

Acababan de pasarse algo que tenía cuatrocientos años.

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Moraleja:

Casi nada de lo que sabes lo descubriste tú. El idioma en que piensas, el cálculo que aplicas, el nudo que amarras, la norma que citas — todo eso te lo dejó gente que ya no está y que no te conoció. Solo hacemos el último remache.

Un hombre solo es poca cosa. Un hombre conectado a lo que le dejaron cruza el océano. La inteligencia de nuestra especie no vive dentro de un cráneo: vive en el traspaso.

Y como se recibe, se paga: hacia adelante, a gente que no vamos a conocer. El que enseña siembra un árbol cuya sombra no le va a tocar.

Por eso el que sabe y no transmite cree que protege su ventaja, pero hace algo peor: corta una cadena de miles de años justo cuando le tocó sostenerla.