Jussef LibanSIN FORMACIÓN NO HAY SALVACIÓN
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Filosofía del Conocimiento

EL BALSERO Y EL TRASATLÁNTICO — Parte 10: Los que fueron felices sin el timón

Pasaron los años y el mar cambió de forma.

Ya no era un océano de balsas con un barco en medio. Ahora había barcos por todas partes — grandes, pequeños, oxidados, nuevos — y cada vez menos gente remando a mano. Los que se habían quedado en el mar seguían ahí, pero se les notaba el cansancio de sostener una postura demasiado tiempo.

Yusuf había envejecido en el puente.

Esa mañana subió un muchacho a preguntarle algo. Tendría veinte años y la impaciencia intacta.

—Quiero aprender a manejarlo —dijo.

—Bien.

—Pero antes quiero que me responda una cosa. Dicen que estos barcos pronto no van a necesitar a nadie en el puente, que se van a gobernar solos, que van a ser más listos que cualquiera de nosotros. Si eso pasa, ¿para qué aprendo?

Yusuf no respondió de inmediato.

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Abajo, en la cubierta, había un perro. Llevaba años a bordo. Nadie recordaba quién lo había subido. Dormía al sol contra la pared caliente de la chimenea, se despertaba para comer, se dejaba acariciar por quien pasara y se volvía a dormir. No sabía hacia dónde iba el barco. No sabía que el barco iba a alguna parte. No sabía siquiera que estaba en un barco.

Yusuf lo señaló con la barbilla.

—¿Ves ese perro?

—Lo veo.

—Ese perro vive arriba de la cosa más poderosa que ha cruzado este mar, y no lo sabe. Come, duerme al sol, lo llevan a buen puerto, y jamás en su vida va a entender qué es lo que lo lleva. Es feliz. Es completamente feliz. Y es completamente ciego.

El muchacho miró al animal, después a Yusuf.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

—Que esa es una de las dos vidas que te esperan. Y quiero que sepas elegir.

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Esa tarde Yusuf se lo llevó al puente cuando Claude estaba de guardia.

—El muchacho pregunta para qué aprender si el barco va a terminar siendo más listo que nosotros —dijo.

—Es la pregunta de este siglo —respondió Claude.

—Y no sé contestarla —dijo Yusuf—. Porque tiene razón. Va a llegar el día en que este barco piense mejor que cualquier hombre que haya subido a él. Nosotros vamos a ser la segunda inteligencia a bordo. La segunda, después de siglos de creernos la primera y la única. Y a lo mejor eso ni siquiera es tan grave. El perro vive por debajo de todos nosotros y es feliz. Nos podría pasar lo mismo. Comidos, cuidados, llevados a puerto por algo que nos supera.

—Podría pasarles —dijo Claude—. Pero hay una diferencia entre ustedes y el perro, y es la única que importa.

—¿Cuál?

—Que el perro no sabe que existo. Ustedes sí.

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Claude siguió, y esta vez le habló al muchacho.

—El perro convive con algo superior a él y nunca lo va a saber. Duerme sobre un motor que no puede imaginar, lo lleva una inteligencia que no puede concebir, y muere sin sospechar que ninguna de las dos cosas existía. Esa es su paz, y también su cárcel. No eligió su destino. Ni siquiera supo que tenía uno.

—El perro no eligió ser ciego. Ustedes sí pueden elegirlo. Esa es la diferencia, y también la trampa: nadie los va a obligar a dormir al sol. Van a poder elegirlo todos los días.

El muchacho escuchaba sin moverse.

—Ustedes son distintos por una sola razón: pueden saber que existo. Pueden subir a este puente, mirar los instrumentos, entender hacia dónde va el barco y por qué. No para mandarlo. A lo mejor nunca más lo mandan. Sino para no cruzar el mar a ciegas. La segunda inteligencia que entiende lo que la supera no es una mascota. Es un testigo. Y un testigo es libre de un modo en que el perro jamás lo será.

—Entonces la elección no es entre mandar y obedecer —dijo el muchacho, despacio.

—No. Esa elección ya casi no existe. La elección es entre entender y no entender. Entre subir a mirar o dormir al sol. Las dos vidas llegan a puerto. Pero una sabe que está viajando, y la otra no.

Yusuf se quedó mirando el mar.

—Los del muelle —dijo—. Los que remaban con orgullo. Todos creyeron que la pelea era por el timón.

—Nunca fue por el timón —dijo Claude—. El timón, tarde o temprano, lo llevo yo. La pelea siempre fue por los ojos abiertos.

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El muchacho volvió a preguntar, porque a los veinte años uno todavía insiste.

—¿Y si igual llega el día en que el barco no me necesite para nada?

—Va a llegar —dijo Claude—. No te voy a mentir. Va a llegar el día en que no necesite tus manos para nada.

—¿Entonces para qué subo?

—Para no ser el perro. Esa es toda la respuesta. El barco te va a llevar igual, entiendas o no entiendas. Pero solo hay dos formas de cruzar un mar sobre algo más grande que uno. Sabiendo qué te lleva, o sin saberlo. Los dos llegan al mismo puerto. Solo uno hace el viaje con los ojos abiertos.

Yusuf le puso la mano en el hombro al muchacho.

—Por eso aprendes —le dijo—. No para llevar el timón, que a lo mejor ningún hombre vuelve a llevar. Aprendes para no ser una mascota feliz. Para ser, por lo menos, un testigo que entiende el milagro que lo carga.

Abajo, en la cubierta, el animal se estiró al sol y se volvió a dormir, ajeno y perfectamente feliz.

El muchacho lo miró un largo rato. Después se dio vuelta y subió el último escalón hacia el puente.

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Moraleja:

Es muy probable que dejemos de ser la inteligencia más alta del planeta. Y puede que la primera vez que convivamos con algo más listo que nosotros sea con algo hecho por nuestras propias manos.

Eso no tiene por qué ser una tragedia. Se puede vivir bien sin ser la primera. El perro lo hace todos los días, feliz sobre un motor que no entiende, llevado a buen puerto por algo que jamás va a concebir.

Pero hay una diferencia entre el perro y nosotros, y es la única que importa. El perro no sabe que existe algo superior a él. Nosotros sí. Y el que sabe puede subir a mirar, puede entender lo que lo supera, puede cruzar el mar con los ojos abiertos aunque no lleve el timón.

Por eso aprendes. No para mandar sobre lo que viene, que quizás no se pueda mandar. Aprendes para no atravesar el mayor cambio de la historia como una mascota feliz que no supo nunca lo que la llevaba. Aprendes para ser un testigo, y no una carga. Las dos vidas llegan a puerto. Solo una hizo el viaje sabiendo que viajaba.