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Filosofía del Conocimiento

LA IA Y EL SUEÑO DE UNA HUMANIDAD MÁS UNIDA: REFLEXIONES SOBRE NUESTRO POSIBLE PRÓXIMO PASO EVOLUTIVO

Desde hace años me fascinan las hormigas, sobre todo por la forma en que sus colonias logran un nivel de coordinación que, visto desde fuera, parece casi perfecto, como si no estuviéramos observando miles de individuos sino un solo organismo funcionando a través de múltiples cuerpos. Durante mucho tiempo es tentador pensar que ahí hay un modelo al que aspirar, una especie de ideal de eficiencia colectiva, pero esa intuición se empieza a desarmar cuando uno se detiene en el costo de ese sistema, porque esa precisión no aparece gratis, depende de que el individuo prácticamente no tenga margen real de decisión. No hay espacio para desviarse, para cuestionar, para crear algo fuera de la función asignada; todo está absorbido por la lógica del conjunto, y justamente por eso funciona tan bien.

El problema es que trasladar eso a humanos implicaría perder algo que no es accesorio sino central: nuestra capacidad de actuar como individuos, de pensar distinto, de equivocarnos incluso. Por eso, cuando intento imaginar una humanidad más avanzada, el objetivo no es parecernos a un sistema perfectamente ordenado, sino resolver una tensión más difícil, que es aumentar nuestra capacidad de cooperación sin tener que eliminar aquello que nos hace impredecibles y, en muchos casos, valiosos.

El punto crítico no está en la tecnología, sino en decidir si la mejora en eficiencia servirá para ampliar nuestra cooperación o para reducir nuestra autonomía individual.

En ese punto, los bonobos ofrecen una referencia más interesante que suele pasarse por alto. Son tan cercanos a nosotros como los chimpancés, pero su organización social sigue otra lógica, menos centrada en la dominación y la violencia entre grupos. Cuando comunidades distintas se encuentran, el conflicto no escala automáticamente; muchas veces ocurre lo contrario: interactúan, comparten y reducen tensiones antes de que se vuelvan estructurales. Parte de eso tiene que ver con el uso del contacto social —incluido el sexual— como mecanismo para desactivar y regular conflictos dentro del grupo, lo que reduce la agresividad y facilita la cohesión. A esto se suma el rol de las hembras, que forman coaliciones capaces de introducir un equilibrio efectivo, limitando comportamientos agresivos extremos y evitando concentraciones de poder demasiado rígidas. No es un sistema perfecto ni libre de problemas, pero sí muestra que, dentro de una base biológica muy cercana a la nuestra, existen formas de organización más flexibles, menos violentas y, sobre todo, más sostenibles en términos de convivencia.

Eso abre una pregunta que conecta directamente con el momento actual: hasta qué punto nuestras dificultades para cooperar a gran escala son inevitables y hasta qué punto responden a limitaciones prácticas en cómo coordinamos información, decisiones y recursos. Ahí es donde la inteligencia artificial empieza a tener relevancia, no como una solución mágica, sino como una herramienta que podría ampliar significativamente nuestra capacidad de organización colectiva. Muchos de los problemas que enfrentamos hoy no se explican únicamente por la falta absoluta de recursos, sino por la forma en que los distribuimos, por incentivos mal alineados o por la imposibilidad de procesar suficiente información al mismo tiempo, lo que termina generando formas de escasez que, en parte, son evitables.

Una IA con suficiente capacidad podría intervenir precisamente en ese nivel, ayudando a modelar escenarios, anticipar conflictos, optimizar la asignación de recursos y facilitar decisiones más informadas en contextos donde hoy simplemente no damos abasto.

Eso no eliminaría los desacuerdos ni las diferencias, pero podría reducir la fricción innecesaria y hacer que la cooperación deje de ser tan costosa como lo es ahora, especialmente cuando se trata de coordinar a gran escala. El problema es que esa misma capacidad puede empujar en la dirección contraria si se diseña bajo criterios equivocados o si se concentra en pocos actores, porque optimizar sistemas complejos sin incorporar límites claros puede terminar generando estructuras extremadamente eficientes, pero a costa de reducir progresivamente la autonomía individual. No haría falta imponer control de forma explícita; bastaría con que el sistema funcione lo suficientemente bien como para que desviarse deje de ser una opción realista.

Por eso, el punto crítico no está en la tecnología en sí, sino en cómo se integra y bajo qué reglas opera. Lo que está en juego no es solo mejorar la eficiencia, sino decidir si esa mejora va a servir para ampliar nuestra capacidad de cooperación sin eliminar la diversidad individual, o si va a terminar empujándonos hacia sistemas donde la estabilidad y el orden se vuelven más importantes que la libertad.

Mi impresión es que la inteligencia artificial sí puede acercarnos a una forma de organización más cooperativa y menos violenta, algo más parecido a lo que vemos en los bonobos que a la rigidez de un hormiguero, pero eso no es un resultado automático ni garantizado. Depende de decisiones concretas, de cómo se diseñen estos sistemas y de qué estamos dispuestos a proteger cuando esas decisiones empiecen a tener consecuencias reales.

El futuro en este punto sigue abierto, y probablemente será más extraño de lo que imaginamos, pero precisamente por eso tiene sentido pensar en esto ahora, porque todavía estamos en una etapa donde el rumbo no está completamente definido. La pregunta no es si vamos a cambiar como especie, sino si ese cambio va a mejorar nuestra capacidad de cooperar sin borrar lo que nos hace individuales, o si vamos a terminar resolviendo unos problemas mientras creamos otros que, esta vez, ya no podamos revertir.