GRENFELL: CUANDO TODO FALLA Y NADIE ES CULPABLE
La madrugada del 14 de junio de 2017, un incendio en un departamento de la Grenfell Tower se propagó por la fachada del edificio. Lo que empezó como un fuego doméstico terminó siendo una de las tragedias más duras en la historia reciente del Reino Unido, con 72 personas fallecidas. Pero ese número no explica lo que ocurrió.
Grenfell no fue un accidente. Fue el resultado de errores, omisiones y decisiones que privilegiaron el costo y la estética sobre la seguridad. El revestimiento exterior, hecho de materiales combustibles, actuó como acelerante. Las puertas cortafuego no cumplieron su función. Las alarmas fallaron. La política de "permanecer en el lugar" se mantuvo incluso cuando era evidente que el incendio se extendía piso por piso.
Muchas de esas fallas ya habían sido advertidas. Y sin embargo, nadie las detuvo.
EL DOCUMENTAL QUE NO DEJA ESCAPATORIA
Acabo de ver por segunda vez el documental de Grenfell en Netflix. Sabía de antemano que no iba a encontrar solo un incendio devastador en el que 72 personas perecieron atrapadas en una torre revestida con gasolina sólida, sino más bien un sistema que había colapsado mucho antes de aquella noche del 14 de junio. Grenfell es una historia tejida con años de desinterés, silencios, manipulaciones técnicas y decisiones administrativas que terminaron siendo letales.
Hablar de Grenfell es hablar de Inglaterra, el país que, después del Gran Incendio de Londres en 1666, se convirtió en la cuna de la legislación en protección contra incendios. Allí se formularon muchos de los principios que hoy se repiten en normas y reglamentos: resistencia estructural, compartimentación, evacuación, protección pasiva y activa.
Sin embargo, fue en esa misma Inglaterra donde ese legado colapsó frente a una lógica distinta.
LA ANATOMÍA DE UNA NEGLIGENCIA COMPARTIDA
Esa lógica se desarrolla con agudeza en el libro Show Me the Bodies, escrito por el periodista Peter Apps, quien desmonta por completo la versión simplificada del incendio como un accidente. El fuego no comenzó esa madrugada. Comenzó mucho antes, cuando se permitió que:
Los materiales pasaran pruebas manipuladas
Los fabricantes mintieran sobre sus productos
Las fichas técnicas ocultaran datos críticos
Los certificadores omitieran detalles clave
Los reguladores evitaran incomodar a la industria
Y cuando cada actor asumió que su responsabilidad terminaba justo donde empezaba la del otro
Esa estructura de negligencia compartida que Peter Apps expone con claridad mostraba un entramado donde todos estaban vinculados, pero nadie asumía la culpa. La arquitectura culpó al contratista, el contratista al proveedor, el proveedor al evaluador, el evaluador a la norma y la norma a una interpretación supuestamente válida.
Lo valioso de este caso es que no se trató de una falla puntual: "no fue un refrigerador el que falló". Fallaron decisiones pequeñas, legales, justificables, que en conjunto fueron devastadoras.
EL DESPACHO DONDE EMPEZÓ TODO
El caso Grenfell es una cadena de errores acumulados en el tiempo, sostenida por documentos que nadie revisó, criterios técnicos que no se actualizaron y responsabilidades que se trasladaron de un escritorio a otro, sin que nadie decidiera detener. Lo ocurrido fue un sistema técnico y normativo que colapsó sin hacer ruido, sostenido por un silencio profesional que eligió no incomodar a nadie.
Durante más de quince años, Brian Martin tuvo a su cargo el Approved Document B, el documento técnico que debía traducir la normativa de construcción del Reino Unido en criterios aplicables para la seguridad contra incendios. Aunque no tenía rango ministerial ni exposición pública, su función era decisiva pues podía definir qué materiales se permitían en fachadas de edificios, pero no existía ningún sistema de control o supervisión que auditara la validez de esas decisiones.
En paralelo, los revestimientos combustibles empezaron a expandirse como una solución estética y económica, las pruebas de reacción al fuego comenzaron a manipularse, los fabricantes aprendieron a diseñar fichas técnicas que ocultaban sus riesgos y el documento normativo permanecía intacto: sin ajustes y sin cuestionamientos.
Después del incendio de Lakanal House en 2009, que dejó seis muertos, hubo recomendaciones formales para revisar el marco normativo. Se crearon comisiones, se formularon alertas, se acumularon advertencias, pero ninguna se atendió. Y cuando finalmente se interrogó a Martin sobre su falta de acción, su respuesta fue que su tarea era únicamente mantener el texto, no intervenir en los procesos ni cuestionar decisiones de diseño.
Esa declaración, correctamente encuadrada en su rol, pero vacía de compromiso profesional, se convirtió en uno de los hallazgos más perturbadores de la investigación pública. Lo que reveló no fue una ilegalidad, sino una falla ética: Grenfell no se construyó al margen del reglamento, sino dentro de él y ese fue justamente el problema por el que hasta ahora no existen delitos, pero sí 72 muertes. Una cadena de decisiones que, aunque legalmente válidas, fueron técnicamente insostenibles.
Lo que debía proteger terminó encubriendo, lo que debía alertar eligió adaptarse, y quienes debían asumir responsabilidad prefirieron repartirla hasta que no quedara claro en manos de quién estaba.
EL PATRÓN QUE NO PARA
Grenfell no ocurrió en un país desorganizado; ocurrió en uno que lo tenía todo: normas, técnica, capacidad y conocimiento científico acumulado durante siglos. Por eso su historia no es solo un caso británico. Es un patrón que se repite.
Ocho años después de Grenfell, la historia vuelve a repetirse. El incendio en Dubai muestra que las causas del desastre en Londres siguen presentes en muchas partes del mundo: fachadas ventiladas que permiten la propagación del fuego mediante materiales combustibles, juntas mal selladas y anclajes sin rotura térmica. No estamos ante un fenómeno nuevo, ni aislado.
Desde hace más de una década, distintos países han enfrentado incendios donde la fachada fue el medio por el cual el fuego se propagó fuera del control del sistema de protección interior:
Shanghai high-rise (China, 2010): 58 muertes
Baku apartment block (Azerbaiyán, 2015): 15 muertes
Grenfell Tower (Reino Unido, 2017): 72 muertes
Valencia (España, 2024): 10 muertes
En total, al menos 150 a 200 personas murieron como consecuencia directa de fachadas combustibles. Lo grave no es solo el número de muertos, sino que todos eran evitables. Las propiedades del material, los métodos de instalación y los vacíos normativos ya eran conocidos. Lo que faltó fue voluntad.
El problema ya no es técnico. Sabemos qué materiales no deben usarse. Sabemos cómo se comportan las fachadas ventiladas mal protegidas. Sabemos qué sellos fallan. Y, aun así, seguimos aprobando proyectos con los mismos errores. Cambian las ciudades, cambian las latitudes, pero se repite el mismo patrón: regulación débil, decisiones apuradas, falta de consecuencias.
EL ESPEJO QUE NOS INCOMODA
Este patrón no es exclusivo del Reino Unido. En países como los nuestros también se escriben normas técnicas entre pocos, sin consulta, sin vigilancia independiente, sin la voz de quienes conocen los riesgos desde el frente. Es decir, se confunde lo científico y lo técnico con lo político.
Grenfell fue la consecuencia de muchas decisiones pequeñas, justificables, formalmente correctas, pero peligrosas cuando se conectan. El fenómeno Grenfell se traslada a nuestros países, donde solo cambian los nombres, las normas, los funcionarios, pero se repite el mismo patrón de fondo.
Grenfell no ocurrió en un país desorganizado. Ocurrió en uno que lo tenía todo. Por eso Grenfell no es solo un caso británico: es un espejo que incomoda al mundo, y en especial a Latinoamérica, donde no siempre lo tenemos todo, pero sí repetimos patrones: normativas flexibles, fiscalización débil, soluciones estéticas que se imponen a la seguridad, y una cultura que muchas veces premia el cumplimiento mínimo por encima de la responsabilidad máxima.
Lo que arde no es solo un edificio. Arde la ilusión de que basta con cumplir requisitos mínimos. Arde la confianza en que los profesionales están haciendo lo correcto. Y arde la memoria de quienes murieron por errores que hoy seguimos repitiendo.
Las fachadas combustibles siguen ahí. Habitadas. Legales. Invisibles. Cada día sin corregirlas es otro día que apostamos a que no se repita lo que ya pasó.
Grenfell fue una advertencia clara. Si no aprendemos a vernos en ese espejo, estaremos esperando que siempre nos ocurra lo mismo, pero con nuestra propia versión. Con otros nombres, otros edificios, otros sistemas… pero con riesgos iguales o peores.
Y si eso ocurre, ya no será una advertencia. Será rutina.
